Una noche de furia


Robben abrió la cuenta y Huntelaar se confirmó como una estrella. El Athletic igualó un 0-2, pero le pesó la expulsión de Yeste. Partido duro y vibrante


Es un mérito tomar San Mamés de cualquier modo y condición, pero el valor se multiplica por cinco si esos goles se consiguen, si la victoria supera los obstáculos habituales y los extraordinarios, porque el Athletic hizo todo por ganar y arrancarle esa idea de la cabeza fue como arrebatar un chuletón de la jaula del rey de la selva.
No hubo menos sudor para conquistar el Oeste. El Athletic saltó al campo pasado de revoluciones, equivocando el discurso de Caparrós o ignorando las metáforas (comerse al rival, sacarlo del campo, soplarle la nuca...). El anfitrión estaba aleccionado por el ejemplo de Anfield y por su propia experiencia en la Copa, pero esta vez la agresividad pasó de ser una estrategia colectiva a convertirse en un asunto personal. Y esa distorsión calentó tanto los tobillos de los madridistas como perjudicó a los locales, que, para parecer duros, han de sobreactuar, dejarse barba y traicionar su naturaleza.
No exagero el panorama. En cuatro minutos ya habían visto tarjetas Iraola y Koikili. Había bastado ese suspiro para transformar el partido en un concurso de aviesas intenciones. Entre los madridistas, sólo se sentía a gusto Heinze, al que le gusta el olor del nápalm por las mañanas. El resto de sus compañeros acusó el temblor. A los nueve minutos, Yeste sacó una falta en la frontal y los puños de Casillas repelieron el trallazo como si hubiera pegado en el poste. Poco después, Sneijder quiso despejar con una media chilena que sembró el pánico en su propia defensa y en su abnegado portero.
El genio. El dominio del Athletic finalizó cuando apareció Robben. Partiendo desde la banda derecha, repitió la jugada que le eleva o le condena, según finalice la película, en beso a la guapa o en beso al espejo. Falló en su primera aproximación, pero en la segunda fue implacable. Sneijder lanzó la carrera de su compatriota con un pase formidable y el extremo volvió a ser extremista: corrió, recortó una vez y luego otra más, y por fin culminó con un chutazo de los que sacuden la red como si fuera una alfombra.
El gol no aplacó el fervor del Athletic, más bien al contrario. Allí donde los ojos del árbitro no enfocaban, se sucedían los incidentes. Aitor Ocio golpeó a Sneijder sin motivo y debió ver la roja. Heinze hurgó en el ojo de Toquero y mereció el penalti. Pese a todo, Muñiz Fernández, ayudado por la autoridad que concede la gomina, gobernaba con cierta prestancia.
El calor se hizo tropical cuando el Madrid marcó el segundo tanto. Sneijder sacó una falta y el balón ya despegó con la mecha encendida. Heinze cabeceó con toda la furia que le cabe, que no es poca, y la melena le mejoró la foto.
Cualquiera hubiera dado por muerto al Athletic y el Madrid también debió de sentir el mismo impulso. Lo pagó caro. En una jugada confusa, en la que Sneijder acabó por los suelos, David López se internó por la derecha y su centro halló lo que buscaba, un corazón desbocado. El problema es que el órgano palpitante pertenecía a Heinze, que remató lindo.
Lo que ocurrió a continuación fue un alboroto. Yeste y Casillas se enfrentaron y se citaron de lejos. El jugador local acudió al encuentro y arrolló al portero, que luego no hizo por levantarse. Más que una agresión pareció un problema de frenos, pero la acción no se podía pasar por alto y el árbitro expulsó al Guti de Bilbao.
Como se puede suponer, el rojo de la cartulina no mejoró el ambiente. Mientras San Mamés rugía, fueron amonestados Aitor Ocio y Javi Martínez. Mientras duraba el grito del estadio, Amorebieta despejó contra el larguero de su propia portería.
En ese intervalo de ruido volvieron a picar Robben y Sneijder, ayer cómplices y residentes en Madrid. El primero se escapó por la izquierda (banda que le obliga a ser anatómicamente generoso) y despejado el camino asistió al segundo, que remató alto.
Otra vez el partido del lado del Madrid y de nuevo gol del Athletic. En esta ocasión fue insospechado: balón llovido al área de Casillas y buen cabezazo de Llorente que Iker no acertó a despejar. Por estar tan poco acostumbrados a sus errores siempre buscamos una explicación (los cordones, un mosquito, la tos), pero en este caso no existe: Iker falló.
Sneijder se marchó al vestuario reclamando un penalti por mano de un defensor y Muñiz penetró en el túnel despachando quejas acaloradas como quien lleva tapones en los oídos. El balance de la primera mitad señalaba que el Athletic había igualado un partido imposible, cuesta arriba por el mejor juego del Madrid, pero también por su empeño en trasladarlo a las trincheras. Caparrós puede y debe motivar a sus futbolistas, pero se equivocarán unos y otros si pretenden librar batallas sin balón.
Desenlace. La intriga duró un acomodarse. En el primer minuto de la reanudación, Huntelaar controló un balón dentro del área y, rodeado de enemigos, completó el milagro de los buenos delanteros: detuvo el tiempo. La pausa le sirvió para reconocer el terreno mientras los demás jadeaban. Para pensar, primero, y para ejecutar, después. Su disparo fue más preciso que potente y trazó la única línea recta se alargaba entre su bota, la pierna del defensa y la cepa del poste, cara interior. Iraizoz asistió al gol como si fuera un truco, uno bueno.
El Athletic no se rindió, jamás lo ha hecho. Se le podrán discutir el acierto y el plan, pero siempre le asiste una fuerza interior. Prosiguió su pelea aunque cada golpe del Madrid le tentaba el cuerpo. Pidió penalti por manos de Pepe y le asistió la razón, aunque no el árbitro. Ni eso le afligió. Javi Martínez probó la flexibilidad de Casillas con un chut ajustado al palo, gol en cualquier otra portería.
El esfuerzo era hermoso y suicida, porque no se puede perseguir al Madrid con un jugador menos y un marcador desfavorable sin recibir una contra directa al mentón. Ayer tampoco. Con el Athletic desarbolado, Robben corrió un contraataque y en el instante de la verdad asistió a Huntelaar. Entonces el larguirucho se ganó el tratamiento de usted: encaró a Iraizoz y le superó con un toque dulce, un pellizco con la zurda. Por un lado resultó un gol de primera figura mundial y por otro descubrió un segundo y estremecedor acto de generosidad de Robben. Seguiremos informando.
En el minuto 64' Juande retiró a Raúl y dio entrada a Higuaín, cuya suplencia había sido la gran sorpresa de la hora previa al partido. Aunque el marcador no lo acusó, se equivoca el entrenador al rotar siempre en la misma dirección y la repetición también deja en mal lugar al capitán, que parece un enchufado.
El desagravio de Higuaín fue marcar el quinto gol de penalti, después de que Marcelo hubiera sido derribado en el área sin discusión posible, aunque la hubo. Juande aprovechó el momento para dar entrada a Faubert y Parejo, labor terapéutica que debería tener continuidad por el bien de los muchachos.
Y del Athletic, qué decir. Quizá que se merece el estadio y la afición que le rodea: con todo perdido, San Mamés comenzó a cantar en apoyo de sus futbolistas. No importa la derrota si se acompaña de la entrega total, del esfuerzo absoluto. Del orgullo.
Así terminó el partido, con todos destrozados y el árbitro sin despeinarse. En cuanto pitó Muñiz se acabó el combate y se olvidaron las afrentas, vencedores unos y ganadores todos.
(Fuente as.com)

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